El shamanismo:
otra visión del mundo
Fernando de Trazegnies
El tema del shamanismo es particularmente interesante porque nos habla de una visión distinta de la cultura y del mundo, de una visión ajena a la mentalidad del hombre llamado "moderno". La modernidad nos ha envuelto a todos, nos guste o no, dentro de un bolsón de racionalidad que ha llegado a convertirse en el único espacio conceptual posible. Sin embargo, las investigaciones sobre el shamanismo y otras manifestaciones similares nos permiten comprobar que ese espacio está ubicado dentro de un hiperespacio en el que existen otras formas de pensar paralelas, con sus propias lógicas, con sus propias weltanschauung, con métodos de formación de los discursos y de las prácticas completamente diferentes de los imperantes dentro de la llamada modernidad y que no pueden ser ignorados.
La modernidad postula -quizá abusivamente- una sociedad universal, libre de particularismos porque se pretende encontrarse regida exclusivamente por la razón. En consecuencia, aquello que escapa a su marco es simplemente irracional y, por consiguiente, tiene que ser descalificado, quizá hasta perseguido, pero cuando menos disminuido al nivel meramente folklórico en el que resulta tolerado en la medida que no tiene ninguna trascendencia. En los últimos tres siglos, la modernidad ha logrado paulatinamente convertirse en un modelo de pensamiento y de vida. Aun cuando nace en Occidente y resulta un claro producto de la cultura de esta parte del mundo, su vocación universalizante -algunos dirían imperialista- la lleva a proponerse y hasta imponerse en medios culturales ajenos, transformándolos tanto desde dentro como desde fuera. Y, por este camino, habiendo primero dado forma al mundo desde el punto de vista occidental, pretende después usurpar la idea de generalidad y proclamarse como doctrina universal.
En los albores de la modernidad, se encuentran todavía pensamientos alternativos que muchas veces se entretejen extrañamente con los conceptos modernos. En el Renacimiento, paralelamente a la irrupción con una fuerza extraordinaria de lo moderno, encontramos también elementos de resistencia frente a ese avasallamiento cultural de la modernidad. Pese al avance abrumador y casi incontenible de una racionalidad descarnada, en ciertos ambientes intelectuales se mantiene e incluso se regresa con mayores bríos a la idea de la alquimia y del pensamiento hermético. La renovada leyenda de Hermes Trimegistós apoya este pensamiento "diferente" y hay sabios importantes y progresistas de la época que no vacilan, sin embargo, en escribir sobre la magia, sobre la astrología y sobre las prácticas herméticas de curación de las personas y de manipulación de los metales y otros elementos naturales.
Para esos intelectuales renacentistas, el mago es aquél que puede absorber y administrar "la vida del universo", es decir, esa fuerza misteriosa, llamada spiritus, que Dios ha colocado básicamente en los astros pero también de alguna forma en todas las cosas y que puede ser manipulada por aquellos hombres que tienen sabiduría. Tratados en la forma adecuada, ciertos objetos tienen especial capacidad para atraer y almacenar el spiritus, como es el caso de los talismanes que constituyen un elemento fundamental de los shamanes de todas las épocas. Dentro del mundo renacentista y frente al pensamiento racionalista, se piensa que a través del manejo de símbolos se van configurando talismanes que pueden ser usados después con diferentes propósitos: por ejemplo, Marsilio Ficino nos dice que un amuleto para curar las enfermedades está constituido por la imagen del Rey en un trono, con un traje amarillo, un cuervo y la forma del Sol (Rex in thronus, crocea ueste & coruum Solisque formam). Por su parte, Pico della Mirandola, pretende realizar una magia no solamente natural, aprovechando el spiritus mundi, sino remontarse por el camino de la Cábala hasta niveles superiores de aproximación a lo divino. La definición de Pico della Mirandola sobre la magia como el procedimiento para establecer un matrimonio entre las cosas del cielo y las cosas de la tierra, podría ser válida para el shamanismo en general. Una muestra de ese pensamiento alternativo al moderno en el momento mismo del nacimiento de la modernidad es el resurgimiento de la alquimia -diferenciada de la química y preferida a ella por los "sabios"- que corresponde igualmente a un intento muy refinado y sutil de manipulación de las fuerzas del universo y, en última instancia, una aproximación a lo sagrado no racional. El iluminismo que tiene lugar en Bohemia en el S. XVI, impulsado por el Emperador Rodolfo II, quien traslada la Corte Imperial de Viena a Praga y se rodea de alquimistas, astrólogos y mágico-científicos, es una demostración de esta tendencia alternativa de desarrollo intelectual.
En la época actual, esa resistencia al pensamiento homogéneo y al predominio totalitario de la razón desde el interior del mundo occidental, ha prácticamente desaparecido. De ahí que, ante la falta de un pensamiento occidental alternativo, resulte particularmente interesante estudiar las ideas y prácticas que proceden de un horizonte conceptual diferente y que, por tanto, ofrecen puntos de apoyo para el cuestionamiento de ese cimiento de universalidad sobre el que está construido nuestro mundo. El orientalismo -a pesar de su repercusión limitada a ciertos grupos de iniciados y a otros grupos menos interesantes por su falta de solidez intelectual- constituye, pese a todo, un esfuerzo por ver las cosas de una manera diferente y por insertar de alguna forma lo sobrenatural dentro de un mundo excesivamente natural.
En algunos países, como es el caso del Perú, el saber tradicional pre-moderno ha seguido relativamente vivo, a pesar de los ataques de la modernidad. Y es así como surge un nuevo mago, un nuevo tipo de puente entre lo sobrenatural y lo natural, un enlace con lo sagrado al margen de la razón y de la ciencia, cuyas prácticas presentan un cierto grado de hibridismo y en las que la proporción de sus contenidos depende de la mayor o menor inserción de este personaje dentro del mundo de la modernidad: el mago o brujo puede ser mucho más tradicional si se da en una tribu amazónica; pero puede presentar un cierto disfraz físico e intelectual de modernidad si su medio de acción se ubica dentro de una ciudad.
La antropología moderna llama a estas personas "shamanes", utilizando este término común -en realidad, de origen siberiano- para facilitar la connotación bajo una sola palabra de las diferentes denominaciones que reciben estos "sabios" en sus respectivas culturas. El shamanismo no es simplemente brujería o curanderismo sino, más bien, un intento de concentrar y manipular ciertas fuerzas cuya naturaleza se encuentra más cercana de lo religioso que de lo científico. Es por ello que todo verdadero shamán es usualmente también brujo o curandero, pero no todo curandero o brujo puede ser denominado "shamán"; para ello requiere una dimensión religiosa, una cierta atención a lo sagrado y misterioso, y no una mera administración de hierbas u otros medicamentos exóticos.
El shamán moderno peruano es heredero de una rica tradición, probablemente enraizada en el shamanismo antiguo del cual nos habla Walter Alva. Pero, al mismo tiempo, salvo quizá el shamán selvático que se encuentra más aislado de la modernidad, el shamán se ve obligado a reconstruir a tradición dentro de un medio marginal e intelectualmente pobre y a exponerla de manera que pueda ser aceptada por quienes están culturalmente formados de otra manera. De todo ello resulta muchas veces una práctica folklórica, burdamente curanderil, en la que la canalización de lo sagrado cuando menos no es transmitida al medio social en el que se da esta actividad. De ahí que sean tan interesantes los estudios en los que se analiza el verdadero shamanismo, al margen de ciertas distorsiones y vulgarizaciones propias de una sociedad en transición.
Una comprobación importante consiste en que si bien el shamanismo resulta excepcional dentro de las sociedades tradicionales -pocos hombres son "sabios"- en cambio no es considerado en ningún caso una conducta anormal sino simplemente distinta e incluso superior. En cambio, la modernidad -en su afán de homogeneizar la cultura sin permitir desviaciones que la aparten de la propia modernidad- considera el shamanismo como algo anormal, es decir, como un conocimiento y una práctica que escapa de lo que "debe ser" según las normas y que, en consecuencia, pertenece al campo de lo que no es serio ni normal, e incluso puede caer fácilmente en la ilegalidad en la medida que las normas transgredidas tengan carácter jurídico.
En los albores de la modernidad, durante el Renacimiento, la magia es todavía admitida porque, como se ha dicho antes, era practicada y defendida por importantes intelectuales. Sin embargo, el mecanismo represivo que aplica la modernidad a todo lo distinto ya estaba presente desde ese primer momento. En efecto, se admitía la magia cuando operaba con la ayuda de los ángeles y no cuando operaba con la ayuda de los demonios. A partir de la declaración de ese principio, el camino de la represión es fácil: primero se pone en cuestión la nitidez de la distinción (¿quién puede decir cuándo está operando un ángel y cuándo un demonio?) para considerar que toda magia debe ser mirada con profunda desconfianza y luego se decide que, en materia tan grave, a la más leve señal de presencia del demonio, la práctica (y quien la realiza) debe ser objeto de persecución. La Inquisición se encarga del resto.
En el mundo contemporáneo, donde la modernidad se encuentra triunfante, el éxtasis del shamán puede ser entendido como una forma de locura, la sencillez de sus conocimientos médicos es calificada como primitivismo a-científico y su práctica curanderil puede llegar a ser perseguida como un ejercicio ilegal de la medicina. Desde la perspectiva moderna, el shamanismo -como todo elemento cultural que escape de la mera racionalidad- es un elemento perturbador que distorsiona las cosas desde el pasado: el shamanismo es una rémora, corresponde a una época pre-moderna que no ha sido totalmente superada en algunas de las actuales civilizaciones, particularmente en los países atrasados o subdesarrollados (léase, no occidentales).
Es curioso observar cómo el shamanismo tiene creencias y prácticas similares aun cuando se desarrolle en épocas y en culturas muy diferentes. Muchos quedan sorprendidos al observar en la cerámica mochica que se encuentra en nuestros museos, encontramos la representación de lo que puede ser aparentemente un shamán que está realizando una imposición de manos. En verdad, pueden encontrarse prácticas shamánicas similares en el Perú precolombino como entre los esquimales siberianos de hoy, en las tribus africanas como entre los pobladores de la selva amazónica. ¿A qué se deben esas semejanzas?
Hay quienes hablan de una enseñanza primordial que habría sido difundida a la humanidad desde un centro de conocimiento único: una suerte de "pueblo escogido" constituido por "hombres de sabiduría" que forman parte de las diferentes culturas habrían recibido la enseñanza con el encargo de transmitirla a los elegidos. Otros, como Jung, prefieren pensar que la mente humana tiene ciertos arquetipos que llevan a los hombres a reproducir creencias, prácticas e incluso símbolos y gráficos aun cuando no hayan tenido ningún contacto entre sí; porque en el fondo no están reproduciendo sino la propia mente del hombre.
Quizá pueda decirse que, sin necesidad de recurrir a las ideas de una transmisión centralizada ni de una centralización en la configuración simbólica de la mente, simplemente los conocimientos y las prácticas se repiten a lo largo del tiempo y de las diferentes culturas en la medida que son las formas objetivas de manejar fuerzas que son igualmente objetivas. De la misma forma como en todas partes del mundo el hombre descubre el fuego y aprende espontáneamente las mismas técnicas para ponerlo a su servicio, también en todas partes el hombre descubre esas fuerzas especiales y las maneja en la forma como corresponde a la naturaleza de éstas, sin que nadie le haya enseñado a hacerlo. Estaríamos así ante un fenómeno que se refiere tan directamente y tan descarnadamente a la inserción del hombre en la vida y en el cosmos que ya no pertenece a una época ni a una cultura determinada sino a la relación hombre-cosmos como tal.
En cualquier forma, no cabe duda de que el tema del shamanismo abre interrogantes del mayor interés para cualquier estudioso de la humanidad. En realidad, si abandonamos esa noción de historia según la cual ésta sigue un progreso lineal y en la que el criterio del progreso está constituido por los avances de la razón en su intento de extender su dominio sobre todos los campos, si entendemos el shamanismo no como un atavismo primitivo del cual hay que desprenderse tarde o temprano sino como un pensamiento alternativo que corresponde no a un mundo atrasado sino a un mundo paralelo, a un mundo extra-moderno, entonces no cabe duda de que el shamanismo merece nuestra mayor atención.
jueves, 23 de abril de 2009
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